viernes, 2 de diciembre de 2016

“El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke (Trad.Luis Domenech)

Más que reseña, pildorita (y ligera, además, como la propia novela): la dosis semanal de este santo blog que no sabe estar más de días con la boca cerrada, como si tuviera realmente algo que decir, no digamos ya aportar, no digamos ya descubrir. Hoy, un grande: Arthur C. Clarke. Porque yo lo valgo. Y porque no me ha gustado gran cosa, la verdad, y aquí bien saben ustedes que se nos da fatal aquello de la crítica constructiva pero cuando se trata de apedrear nos quedamos solos.

Me recomendaron muy vivamente El fin de la infancia. Alguien lo tenía reciente y yo, que no llegué al estreno de La llegada pensé que no sería mala idea verme una del estilo pero en formato libro y felizmente tirado en el sillón.

Premio.

Extraterrestres sí que hay, y hasta nos invaden y nos dominan que a mí es una cosa que me ha puesto siempre mucho; la dominación, digo, como esa facilidad que ha tenido siempre lo extraterrestre para hacerse con el control del planeta en quince minutos cuando a mí me lleva dos horas conseguir que los niños se metan solos en el coche. Por lo tanto: muy fan.

Ahora bien, la novela en sí es una soplapollez como un piano, se pongan como se pongan los carlsaganes de la vida.

Esto va de unos marcianos, venidos de una estrella distante, que llegan un lunes a la tierra a bordo de naves mastodónticas que sitúan estratégicamente a lo largo de todo el planeta, para acojonar más que otra cosa, al más puro estilo Independence Day. Nos lo prohíben todo: las guerras, las hambrunas, las epidemias. Incluso trabajar. ¿Y qué consiguen con esto? Pues los muy cabrones consiguen, sin mover un dedo, mejorar la economía que es una de las grandes aspiraciones de nuestro amado e inanimado presidente. 

En un principio los invasores del espacio exterior se ocultan tras un tupido velo: le dicen a su portavoz, un señor muy americano —no podía ser de otro modo— que son feos en demasía y que la población, toda ella, no está preparada para tal visión de conjunto: a saber: alas, cuernos y estética demoníaca incluyendo ligeros restos de azufre en las deposiciones. Básicamente piden 50 años para dejar de creer en Dios y el diablo, para así evitar empezar unas relaciones basadas bajo el prejuicio tonto de lo físico.

Pues es en ese plan toda la novela. Hay uno incluso que decide, una tarde de domingo, colarse en una nave alienígena aprovechando el contrabando de marsupiales que se está llevando a cabo para viajar a su mundo. Que sí, que ya sabe que está años luz del nuestro pero gracias a unas cuentas que ha ido echando en los descansos del trabajo ha descubierto que en años terrestres no serán más de cuarenta y que si se lleva unos chaskis, una coca cola y seiscientos blisters de diazepan malo será que no llegue en unas condiciones físicas aceptables. Que lo peor que le puede pasar, piensa, es que revisen la ballena en la que se oculta y lo manden de vuelta a la tierra previa reprimenda. Que habrá perdido cuarenta años, sí, pero habrá salido de casa.

A mi hija de diez le encantará, espero, dentro de cinco. Ya mucho más no sé si será mucho arriesgar. Desde luego a los cuarenta esto no hay quien lo aguante. A los treinta y nueve igual sí, ya sabemos que hay gente para todo, incluso simpática, pero mucho más allá la trama se vuelve trillada, infantil y de una ingenuidad que supera con mucho lo que uno espera de una novela de ciencia ficción.

Quisiera jurarla curiosa en la medida que decepcionante pero no, qué va, es decepcionante en grado sumo y curiosa, lo justo.


lunes, 21 de noviembre de 2016

“También esto pasará” de Milena Busquets

El 16 de noviembre de este bendito año se publica en la edición digital de El País Semana una entrevista a Milena Busquets con motivo de, no sé, con motivo de su mera existencia, supongo, o tal vez el paseo que se está dando estos días por la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa 2016). Hablan de su libro, este libro, un libro que fue publicado en enero del año pasado, esto es, hace la friolera de dos años. Los amantes de las novedades sabemos que el mercado editorial es desleal y tan altamente competitivo que la esperanza de vida de una novedad no alcanza los diecisiete minutos y medio. Superado ese plazo se entra directamente en la sección librerías de viejo y restos editoriales y hasta los de Amazon te ponen peros. 

Por alguna extraña razón, que voy a pensar que no tiene nada que ver con el sexo, a Milena Busquets y más concretamente a la novela que hoy nos ocupa, se le vienen concediendo aplazamientos desde hace 23 meses y siempre, o casi siempre, de manos de los mismos: los señores de El País. Hago historia (bendito Google) y me encuentro con lo siguiente:

El 14 de enero de 2015, víspera de la publicación de este engendro, publican una entrevista en la que destacan el siguiente subtítulo: “La autora novela la pérdida de su madre, Esther Tusquets, en la gran sorpresa de la Feria de Fráncfort”. Ya entonces se nos contaba que llovían hostias por hacerse con los derechos del libro porque como todo el mundo sabe Milena Busquets sólo escribe Putas Maravillas y esto no iba a ser la excepción. 27 países, cientos de idiomas, lluvias de millones. Milena Busquets lo petaba en Frankfurt. Se hablaba de Fenómeno Editorial. Pero la feria de Frankfurt es así. Se parece bastante a un mercado de fruta en el que uno compra partidas esperando sacarles el máximo beneficio. Por razones del todo desconocidas que — toda vez que he leído la novela y sabiendo como sé que la calidad no tiene absolutamente nada que ver con el éxito—, estoy convencido, guardan relación directa con la simpleza de ser hija de y amiga de y tener sobre el hombro, permanentemente, la mano de un Jorge Herralde de sonrisa bobalicona, Milena Busquets, el libro de Milena Busquets, cobra dentro y fuera de Frankfurt una importancia a todas luces injusta.

En 25 de enero de 2015 se etiqueta la infamia en cuestión como “El libro de la semana”, también en El País, y todo por culpa de Carlos Zanón, un ser humano al que desde ya he perdido el respeto por haber escrito una crítica (es un decir) en que habla mucho de su madre, la de Milena, ya saben, Esther Tusquets, la de Lumen, etcétera. La reseña de Zanón es una aberración sin límites que me niego a reproducir y que habla de ligereza (que no superficialidad) y no sé qué chorradas sobre una Bridget Jones culta. Habla de elegancia, de prestancia y otras pajas mentales de difícil cuando no imposible justificación. Entiendo que lo han comprado. Quiero pensar que es así. 

Tras un largo silencio — roto el 10 de diciembre de 2015 cuando El País Cataluña (sí, ellos también) se hace eco de la noticia de que el argentino Daniel Burman, coproductor de Diarios de motocicleta adquiere los derechos, suponemos que para hacer una película con la novela—, tras un largo silencio, decía, plagado de reseñas en blogs y suplementos de esos que dicen culturales (reseñas que ni le he leído ni tengo intención pero que advierto, ya, de entrada, son el objetivo primero del Gran Dedo Acusador a nada que encuentre en ellos el menor asomo de elogio), se publica, el 17 de agosto de 2016, un artículo/entrevista para contarle al público, ávido de milenadas, que la intelectual («Yo he jugado a Pokémon, pero a la semana me he aburrido y he preferido leer a Stefan Zweig») impartirá un curso de autoficción en Santander. Fue esa entrevista el origen de una pequeña polémica al asegurar, la infeliz, que el que la gente no leyese era responsabilidad (también) de los escritores. Gran verdad. Tras leer También esto pasará, yo ya no me vuelvo a fiar de Herralde, ni de Anagrama, ni de Zanón, y desde luego no me vuelvo a acercar a esta chica ni con un palo. Así se acaba con la literatura, amigos.

Y hasta hoy que vuelve Milena y vuelve El País, que parece que algo tengan, a dar la matraca con el librito dichoso que a estas alturas debe andar ya por la 458ª edición. Nuevamente nos recuerdan que hay quien pagó 500.000 € por él, que fue traducida a 33 idiomas y que ha cosechado un éxito de crítica y público como no se ha visto desde Indiana Jones y el templo maldito. Aprovecha Milena la ocasión que se le brinda para recordar a su querido público potencial que la novela no habla de su madre sino de ella, de su duelo, su inseguridad, y afición al sexo como una forma de protegerse ante el dolor por la ausencia de una madre, dolor que realmente no se refleja en ningún momento de esta novela o autoficción erótico-festiva. Un duelo a todas luces excesivo, se mire por donde se mire, pero que al menos le sirve para darse un homenaje tras otro, algo que desde aquí hemos defendido siempre a muerte.

Por lo demás, el libro no hay por dónde cogerlo.

Por si les interesa (que espero que no) la historia es la siguiente:

Milena es Blanca, la protagonista (autoficción, no sé si lo pillan). A Blanca se le muere su madre, una señora muy importante y muy imponente y muy de tenerla subida a un pedestal motivo por el cual se sumerge en una depresión terrible y cae en lo que cae siempre que sufre cualquier clase de dolor: le da por follar. Ya en el entierro hay un chico muy guapo que llama su atención aunque finalmente decide tirarse a su exmarido. Al primero. Bueno, y al segundo. Y a un amante casado que tiene para los tiempos muertos, para esos momentos en que una sólo quiere un aquí te pillo aquí te mato. Y porque esto es una fiesta y así nos lo quiere contar, decide quedar con todos en Cadaqués, en una casa con barquito que mamá tenía allí. También van sus hijos, claro, esas dos cosas que aparecen a ratos por la novela y duermen serenos y comen un poco como le daba a ella de comer su madre —que era no acercándose a la cocina—, motivo éste de desavenencias conyugales que derivaron en divorcio, etcétera. Se lleva, también, a dos amigas, protagonistas indiscutibles de su particular “Sexo en Cadaqués”: 

«Elisa es capaz de convertir cualquier tema, incluso el sexo con un novio nuevo, en algo sesudo e intelectual. Sofía, en cambio, lo convierte todo en algo frívolo y festivo que gira a su alrededor» o «Sofía se ha puesto su maravilloso vestido indio de color vino, largo hasta los pies, cubierto de diminutos espejitos redondos, que compró en un anticuario, y unos grandes pendientes de plata. Yo llevo mis pantalones fucsia de algodón descolorido que se me caen, una camisa raída de seda negra con pequeños topos verdes, unas chanclas y una pulsera antigua de mi madre, que a ratos amo y a ratos me pesa como si fuesen unos grilletes. Elisa va vestida como si fuésemos a bailar salsa. Y Úrsula se ha puesto una camiseta ceñidísima de color amarillo con unas palmeras plateadas y unos vaqueros morados dos tallas pequeños. Parecemos una banda de payasos. Afortunadamente, los niños, con sus polos, sus bermudas y sus chanclas, nos brindan cierta respetabilidad estival». 

Esta debe ser la ligereza que no superficialidad de la que hablaba Zanón en su spot.

La novela es un veinte por ciento moda, un veinte por ciento sexo, un diez por ciento mamá y otra cincuenta yo yo yo y mi desapego general del mundo, mi infantilismo, mi particular manera de ver la cosas. Mis Grandes Preocupaciones de mujer a la que no le gusta tener servicio pero no puede vivir sin él:

«De repente, veo que se me acerca a grandes zancadas el guapo desconocido. Está solo, camina un poco inclinado hacia delante, como suelen hacerlo los hombres altos y delgados, como si se protegiesen de un viento invisible, como si en las cumbres que ellos habitan soplase siempre el viento. Yo camino tan deprisa y estoy tan nerviosa que sin querer pierdo una chancla. La recupero justo a tiempo para ver que se ha dado cuenta y sonríe divertido. Otra vez, adiós a la femme fatale que me gustaría ser. Le sonrío y, al cruzarnos, susurra «Adiós, Cenicienta». Pienso que tal vez podría pararme y proponerle ir a tomar algo (y emborracharnos y contarnos nuestras vidas con entusiasmo y a trompicones, y rozarnos distraídamente las manos y las rodillas, y mirarnos a los ojos un segundo más de lo correcto y besarnos y follar precipitadamente en algún rincón del pueblo como cuando era joven, y enamorarnos y viajar y estar siempre juntos y dormir apretados y tener un par de hijos más y, finalmente, salvarnos), pero sigo caminando sin darme la vuelta. Si los hombres supieran la cantidad de veces que las mujeres nos pasamos esta película, no se atreverían ni a pedirnos fuego.»

Toda la puta novela es esto. No otra cosa. ESTO. Y unos diálogos que hacen daño a la vista y que reproduzco en extenso en el primer comentario del blog sólo para darme el placer de acabar de hundir este libro infame. También esto pasará es un ejemplo perfecto de basura literaria y representa lo peor de ese mercadeo editorial en el que sólo importan los contactos y en el que se toma por imbécil al lector a fuerza de insistir en las excelencias de una novela que no hubiera debido publicarse toda vez que no pasa de excreción literaria con forma de anuncio de fuet para adultos, con su sol, sus risas, sus paseos en barca, sus comidas improvisadas, sus cocktails, sus hamacas, sus arrumacos, sus besos robados, sus vestidos arrugados y sus pantalones dos tallas más grandes.

También esto pasará no puede ser peor ni queriendo. 

Yo puedo entender cualquier campaña de promoción -especialmente cuando ésta tiene categoría de novedad- en la que prácticamente todo es legítimo en la medida que criticable; lo que no puedo entender es aquella “campaña” que resucita una mala novela dos años después de su estreno por razones que se escapan a mi entendimiento (y al de cualquier otro) pero que desatan la peor y más sucia de las imaginaciones.

Desde aquí, mi más sincero DESPRECIO.



martes, 15 de noviembre de 2016

Breve nota de urgencia sobre “Caer” de Éric Chevillard (Trad. Lluís Maria Todó)

Me gustaría pensar que hay un antes y un después de Caer. No es así. No es un problema de exigencia. Nunca es un problema de exigencia. Pese a lo que dicen por ahí, no me considero una persona exigente. Es más: pocas personas conocerán más conformistas que un servidor. Lo único que le pido a una novela, LO ÚNICO (y es importante que entiendan que esto es realmente lo único que le pido a una novela, que todo lo demás es accesorio, prescindible, que forma parte del juego al que algunos no se han enterado todavía que estamos jugando), lo único que me importa, decía, o que le pido, es que no me deje indiferente. La indiferencia es lo peor. Leer y decir no está mal; leer y juzgarla ligeramente entretenida; leer y saber que la olvidarás mañana y que por ello es fundamental llevar un registro, porque dentro de un mes o un año o cinco ya no recordarás qué o quién perpetró aquello. Imagínense: escribir para ser inmediatamente olvidado. Dedicar uno o dos o tres o diez años de tu vida, dejarte las tripas en un proyecto que otros juzgarán fallido; que pocos apreciarán; si acaso alguno premiará. Sudar un libro, terminarlo, saltar al siguiente. Pasar tus días como Sísifo. No ser capaz de agitar ni el aire de una habitación. Que no pasa nada, ojo, que aquí uno no vive buscando la trascendencia, que hay niveles de placer. Se adapta, uno, a casi todo pero a lo que jamás se acostumbra, jamás, es al tedio. 

Y son tan pocos los libros que no nos dejan indiferentes, verdad.

CAER puede tener muchos defectos (seguro que los tiene), pero la indiferencia no es uno de ellos. Para empezar, y siempre a título personal, el atractivo o, más bien, la ausencia de tal. Me explico: es la clase de novela (francesa, abstracta) de la que yo siempre reniego; exactamente la clase de libro que nunca me animaría voluntariamente a leer (mi lectura tiene su origen en una recomendación, ya se lo adelanto) y sin embargo… que no me lo quite de la cabeza, tantos días después. Que siga ahí, runrún, runrún… Runrún. Que no me deje Indiferente. ESO ES CAER.

«Esto es Caer. Diríase que la tierra se retira alrededor del espantajo clavado en el corazón de la isla, allí no hay musgo ni liquen que trepe por la cruz, el polvo fluye hacia su base, la hierba retrocede, un fuerte reflujo se lleva todas las cosas. Nosotros instalamos el campamento en la periferia. Esto también es Caer. Todo cuanto poseemos, excepto la esperanza, lo daríamos por contemplar una vez un lugar, un objeto que no fuera Caer. Instintivamente, viejo reflejo, levantamos los ojos al cielo, pero la visión de las nubes o de las estrellas indiferentes nos crucifica en nuestro promontorio. Entonces cerramos los párpados; pero jamás con la suficiente velocidad: toda la oscuridad de Caer nos ha penetrado en el cráneo».

Quisiera resumirla. Pero no puedo. Quisiera darles un argumento, sugerir una trama, hacer con ella una bolita de humor. Pero No Puedo. Ni resumen, ni argumento, ni trama. Casi ni humor. Casi. 

«Nuestro sistema político descansa sobre la abstención generalizada. Nosotros no nos desplazamos para votar y así pues, conforme a la voluntad del pueblo, sus representantes se abstienen de gobernar. Cuando el vaso está ya realmente lleno y nuestra paciencia agotada, jadeamos; entonces nuestra protesta no se conforma con vociferaciones, clamores y puños levantados. Les cortamos la cabeza a los caballos, por ejemplo».

Caer es inasible, como el lector, solo que éste lo es al desaliento en tanto que aquella lo es a nivel argumental. Avanzar por CAER es una tarea que se supone tan imposible como inevitable de puro atractiva. Y eso que CAER es una isla, nada más y nada menos; una isla pequeña, minúscula a la vez que inabarcable. E hipnótica. Y estimulante. Y divertida. 

CAER, y por extensión Chevillard, es mi Gran Descubrimiento del Año pero que me cuelguen si lo entiendo.

«Vivimos rodeados de enigmas. Como una niebla corrosiva, el misterio roe todas las cosas en Caer. Aquí no hay esquinas, ni contornos, ni aristas incluso las realidades más macizas son devoradas por la sombra y la duda».

CAER es un lugar, un espacio, en el que todas las posibilidades se dan y se niegan. Ubicada en un lugar indeterminado, Caer se demuestra un infierno del que no se puede huir por mar, si acaso por aire. Ejemplos, los justos: cuenta con su propio mesías, un joven que un día logró escapar y prometió volver a salvar de Caer a tantas y tantas almas atormentadas que habitan en él. El narrador, habitante de la isla, nos habla de Caer, de sus habitantes, de sus imposibilidades y sus contradicciones, de sus costumbres, de sus miedos y sus esperanzas vanas, de la manifiesta incapacidad que demuestra tener el ser humano para adaptarse y ser feliz. Caer es también la historia de su única huida, un relato que hace tiempo ya que ha cobrado categoría de leyenda.

«Todas nuestras iniciativas las llevamos hasta el final, hasta el fracaso, hasta el desastre».

Lo mejor que te puede pasar en caer, es que te mate un vecino. Todo lo demás es una herida abierta en permanente estado de supuración. 

No insisto. Sé positivamente que a muy pocos (si acaso dos, tres) de ustedes les interesará realmente esta mención que no llega ni a reseña. Tampoco está en ánimo invitarles a su lectura. Lo único que puede animar a la lectura de este libro es la propia lectura de este libro. Les dejo, pues, con un fragmento (la traducción corre a cargo de Lluís María Todó) y ya deciden ustedes si persisten en su error o me hacen un poco de caso.


«¡Han de ocurrir tantas cosas! En Caer, siempre ocurren por derrumbe, hundimiento, desplome. Pero ocurren. El caso es que ocurren y que todas las promesas, como se preveía, acaban infaliblemente por no cumplirse. Lo sabemos todo de todo, salvo por qué, cómo. Estos dos últimos puntos permanecen oscuros: por qué, cómo; hasta el presente nos hemos preocupado poco de ello, no nos ha parecido muy interesante hurgar en esos detalles. De todos modos, si lo supiéramos, por qué y cómo, tampoco cambiaría nada de aquello que nos importa. Son motivos para ensueños, ensoñaciones y sueños enrevesados. Los que se entregan a ellos se ganan la reprobación general. Sus conclusiones son delirantes, contradictorias, y lo más fuerte es que siempre se les puede replicar al término de esta explicación, por qué, cómo, como la víspera de su primera meditación.
Así nos gusta ir, sin agobiarnos demasiado con el porqué o el cómo, sin pensar jamás en el porqué ni el cómo, hasta el punto de no reconocer como tales y esclarecedoras las respuestas a esas preguntas cuando se nos revelan fortuitamente, o también, por distracción o indiferencia, emparejar a despecho de toda razón y coherencia éstas con aquéllas y explicar el cómo con el porqué y el porqué con el cómo, siendo forzoso reconocer que luego, a pesar de esos garrafales errores y esas aproximaciones, no por ello quedamos más cojos. Es decir, que cojeamos igual. La cadera derecha ha asumido el mal de la cadera izquierda».