jueves, 27 de abril de 2017

“El camino del tabaco” de Erskine Caldwell (Trad. Horacio Vázquez-Rial)

Pero hablábamos de Erskine Caldwell.

El camino del tabaco es probablemente su novela más famosa. Ignoro el motivo pues no he tenido (todavía) el placer de leerlas todas pero supongo que alguno de peso habrá. Tal vez que es una buena historia. Sin duda lo es. Casi tanto como La parcela de Dios. Tal vez igual de buena. Tal vez incluso mejor. Cuestión de gustos, supongo. Qué importa. Lo que tengo claro es que si gusta una, gustará la otra. Y gustarán mucho.

El camino del tabaco es mucho más desagradable, desasosegante, y cuenta además con uno de los mejores arranques que he visto en mucho tiempo, quisiera poder decir años, pero sería mentira, igual que si dijese meses, pero es realmente cojonudo y probablemente la principal razón de que esta novela esté tan bien considerada, porque al final da igual lo que uno venda o deje de vender, da igual lo mejor o peor que se hable de la novela, al final, decía, la historia te atrapa o no te atrapa, y esto es algo que sabe y debería tener en cuenta cualquier escritor digno de considerarse tal. Quisiera contarlo; el comienzo, digo, nada más que para hacerme entender, pero no debería y no debería porque les privaría a ustedes de uno de los grandes placeres que ofrece la literatura. 

Pero… qué demonios.

El comienzo (y con esto me refiero a, no sé, las cuarenta o cincuenta primeras páginas, que ya sé que son bastantes, pero prueben a empezar, a ver si son capaces de dejarlo) es puro teatro; una larga secuencia en la que un hombre (Lov) que vuelve de comprar nabos hace un alto en el camino (del tabaco) para saludar a Jeeter Lester, su suegro.

No les veo locos de contento.

A ver si así:

La casa del suegro son los restos de lo que un día fue próspero. En ella viven él y una vieja y su esposa Ada y sus hijos Dude y Ellie May. El yerno no quiere acercarse a la casa. Teme ser atacado y atracado; puede que hasta maltratado. Teme al suegro y a su familia de malas y desnutridas bestias. Él sólo quiere pedirle que, por favor, le diga a su hija, la otra, aquella con la que se ha casado, que se acueste de una puta vez con él, que los matrimonios no se consuman solos y que si lo llega a saber se casaba con la fea.

«Lov había dicho siempre a Jeeter que no quería saber nada de Ellie May porque tenía el labio partido. Cuando estaba poniéndose de acuerdo con Jeeter sobre Pearl, dijo que podría considerar quedarse con Ellie May si Jeeter la llevaba a Augusta para que un médico le cosiera el labio. Jeeter estudió la cuestión concienzudamente y decidió que era mejor dejar que se llevara a Pearl, porque el arreglo del labio quizá le costaría más de lo que estaba sacando del asunto. El dejar que Lov se llevara a Pearl era puro beneficio. Lov le había dado unas mantas, además de una lata de aceite de máquina y toda la paga de una semana, que ascendía a siete dólares. Lo que más precisaba Jeeter era el dinero, pero lo demás era también muy necesario».

Pearl («es tan bonita…, y esos rizos rubios que le caen por la espalda hay veces que parece que me van a volver loco») tiene doce años de modo que sí, exacto, es esa clase de padre y es esa clase de yerno y es esa clase de matrimonio.

Gente, les presento a los Lester. Familia Lester, vuestro público.

¿Qué tal ahora? ¿Les pica? Pues si van a rascarse espero que sea el bolsillo: El camino del tabaco, Erskine Caldwell (de Navona, la editorial sin web con más suerte del mundo).

Jetter es un cerdo y un vago y un maleante. Es un ser despreciable que tiene mucha, muchísima hambre y ya se sabe no hay nada más terrible ni más peligroso que un hijo de puta hambriento. 

La novela es, pues, el viejo Jetter no teniendo ni para semillas mientras trata de salir adelante de la única forma posible, esto es, aprovechándose del esfuerzo o la ignorancia de quienes tienen la mala suerte de cruzarse con él. A partir de aquí, ya sólo quedaría entrar en detalles, pero basta saber que lo que viene a continuación no tiene absolutamente nada que envidiar a ese arranque que con tanto entusiasmo les he vendido. Más personajes, a cual peor, un viaje a la gran ciudad, un montón de dinero, toneladas de estupidez y un desasosiego que lo agarra a uno en la primera página y ya no lo deja hasta pasada, bien pasada, la última.

Al igual que La parcela de Dios, y sin saber con cuál quedarme, librazo.



viernes, 21 de abril de 2017

Breve nota de urgencia sobre “La parcela de Dios” de Erskine Caldwell (Trad. Vicente Campos)

Empecemos por dos apuntes sobre los que pasaré de puntillas (recuerden: Breve Nota de Urgencia): 

Uno. Se dice se cuenta se rumorea que a Faulkner, Bellow o Pound les gustaba Caldwell y que iban por ahí contándolo sin miedo a represalias. Quiero pensar que no es una recomendación como las que estamos acostumbrados a leer tipo a mi chico le gusta como escribo y a mi madre y a mis amigos y a ese crítico literario tan joven y simpático que conocí hace tanto tiempo; quiero creer que a Faulkner le gustaba realmente Caldwell, quiero creer que no es como ahora, que se miente más que se habla cuando nadie te lee y nadie le importa tu puto libro. A mí me dicen que a un Faulkner le gusta mi blog y ya tengo para tres pajas, mínimo.

Dos. Parece que este libro, que llegó a vender 10 millones de ejemplares (que se dice pronto, pero hay que venderlos y uno a uno, además), fue prohibido y su autor prácticamente desollado, porque en 1932 las cosas no eran como ahora. Bueno, matizo, es cierto que a día de hoy, aquí, te condenan por contar un chistecito de nada o por escribir soplapolleces en twitter pero antes era peor, eh, antes no se podía ir por ahí diciendo alegremente que en el sur eran todos unos vagos y cerdos miserables y unos racistas y unas malas bestias porque te crujía el fiscal. Cierto: así vende libros cualquiera. Pero, con todo, hablamos de 10 millones. 10, eh.

Dicho lo cual:

La novela, ambientada en el sur de la depresión, se desarrolla a lo largo de varios días en una finca en la que no se planta nada toda vez que el patriarca lleva algo así como 15 años entregado a una fiebre del oro que poco a poco le lleva a abandonar cualquier otra actividad —tipo plantar algodón para ganarse la vida y similar— y entregado, con un celo que roza la locura, a sembrar la tierra de enormes agujeros con la estúpida certeza (ni siquiera idea, pobre) de que en uno de ellos encontrará oro suficiente para sacar de la pobreza a diez generación de vagos y maleantes. Pero este no es el tema de lo novela, por más que realmente lo parezca; no, al menos, el único tema. También lo es la estupidez consustancial de algunos de sus hijos, que deciden arruinar su perra vida cavando los mismos hoyos y buscando el mismo oro. También es la historia de amor más triste del mundo entre un aspirante a sheriff orondo como un buey y una ninfa de rubios cabellos aficionada al aquí te pillo aquí te mato. Es también la historia de una pasión (pasión entendida unas como veces amor, otras como encoñamiento, otras como sincero agradecimiento) entre una mujer y su marido, entre esa mujer y su suegro, entre esa mujer y su cuñado, su otro cuñado, su vecino del quinto... Y también la historia de una crisis laboral, de una reclamación salarial, de un sindicalista convencido, de una época convulsa de ideales, hilaturas, desesperación y cero sentido del humor.

Viejos locos, mujeres fatales de puro hermosas, sindicalistas, sexo, sudores fríos y un albino. No se puede pedir más mejor, ni más breve, ni más ágil, ni más deliciosamente teatral.

martes, 18 de abril de 2017

“Suttree” de Cormac McCarthy (Trad.Luis Murillo Fort)

Suttree es un abismo. 

Es tan fácil, tanto, hablar de (llámenle criticar, si quieren) los malos libros, pero tanto tanto, que uno, que ha nacido vago, no puede dejar de preguntarse qué sentido tiene —con lo que le pagan, además—, meterse a reseñar novelas como esta que hoy ocupa nuestro tiempo, un tiempo que deberían ustedes perder leyendo novelas y no lo que se dice sobre ellas.

Supongo que ninguno. Quiero decir que supongo que no tiene ningún sentido. Primero porque cualquier cosa que digamos habrá sido dicha ya veinte veces, seguramente (no tengo la menor duda, en realidad), y segundo porque a estas altura de la vida ya sabemos, nos conocemos tan bien, verdad, que este tipo de reseñas o, si lo prefieren, este tipo de libros, no despiertan interés en más allá de quince o veinte lectores ocasionales con buen criterio, todo lo contrario de lo que ocurre con la memez de turno, léase Dolores Redondo, léase el último poemario de turno, léanse tantas cosas que no deberían no digo ya leerse sino directamente escribirse.

Todos, casi todos —vamos a pensar que lo primero—, conocen aquella famosa frase de Kafka y subsiguiente reflexión, aquella que decía que pensaba, Kafka, que sólo debíamos leer libros de los que muerden y pinchan, que si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo no deberíamos molestarnos en leerlo. (Libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, […] que sean hachas que rompan el mar helado dentro de nosotros, seguía). Esa frase. Esa frase que quien sabe cuántas veces habremos citado en vano, cuantas veces la habremos dejado caer en el contexto equivocado, como referencia en reseñas o comentarios sobre novelas que en modo alguno lo merecían. Nos gusta tanto esa frase, verdad, presumir de ella y hacerla nuestra y dejarla caer en cuanto tenemos oportunidad total para volver a casa y abrir la última mierda de Javier Marías, Vargas Llosa o Javier Cercas, que es exactamente la misma basura infecta del año anterior, una novela (y la otra y la otra) que, pese a nuestro entusiasmo eternamente infantil, eternamente ingenuo, acabó derrotándonos en su momento —dejándonos sin argumentos válidos para su defensa— por su mediocridad, dejándonos nada más que la amarga, por insuficiente, sensación de haber sido nada más que un poco felices, no ya por la novela, como hubiera sido lo deseable, sino por lo que tiene de reencuentro con escritores que un día fueron algo para nosotros, o significaron algo o cambiaron algo ya fuera dentro de nosotros, ya fuera fuera.

No pasa nada por leer basura. La basura también tiene derechos, también debe ser leída, aunque no sea más que para no perder la perspectiva, pero de ahí a ampararse en Kafka para justificarlo media un abismo. Y ese es abismo al que me refería al comienzo del post. La diferencia entre un libro que creemos que marca alguna diferencia y un libro que realmente lo hace, se llama Suttree. Y es un abismo. Pueden ustedes leer lo que quieran, y pueden hacerlo sin pedir disculpas, sin ampararse en Kafka o en el a mí me gusta o inexistentes conexiones personales tipo experiencias pasadas o traumas infantiles, pero si lo que realmente quieren es leer un libro que marque un antes y después, de deje una huella, que sea, cómo era, que muerda, sí, eso, que nos obligue a despertarnos como un puñetazo, que sea como un hacha que rompa nuestro helado interior, entonces ya lo siento, nenes, pero van a tener que leer Suttree, un libro que ya es, casi con total seguridad, y con perdón de Roth, Faulkner o Wolfe, lo mejor que he leído este año y parte del siguiente, un libro donde la prosa del mejor McCarthy (y que Meridiano me perdone) alcanza cotas del todo insuperables.

«Soñó con una raza polar que se desplazaba en trineos de piel de morsa, asta retorcida y marfil tirados por perros y erizados de lanzas y arpones, los cazadores envueltos en pieles, lentas caravanas atravesando el ocaso de una medianoche de invierno, en el confín del mundo, deslizándose como un susurro por la nieve azul con sus cargamentos de carne y pellejos y vísceras. Pequeños cazadores sucios de sangre que parecían flotar como esporas sobre el congelado vacío de cloro, de flor en flor de brillantes coágulos bermellón por la inmensa llanura boreal.
Frescas estolas de peces serpenteaban en el mundo nocturno de su mente famélica, aventando la granalla de sal que ascendía en columna hacia grietas en el hielo de la superficie. Para hundirse en un frío mar de jade donde las burbujas salían disparadas hacia el sol polar. Bancos de lancurdias desplegaban sus brillantes cintas y el oleaje oceánico subía con la rotación terrestre y vio que el sol se empañaba y se difuminaba tras las placas de hielo batidas por el viento. Bajo una estepa más silenciosa que la faz de la luna, donde osos marinos de alabastro recorren las saladas profundidades verdes».

Les contaría el argumento, pero no es fácil y total para qué. Suttree es un incómodo silencio río arriba unas veces río abajo otras, sin pasado y sin futuro, sin suerte y sin destino; es un hombre que muere de frío en invierno y malvive de siluros en verano; un hombre que es encarcelado, liberado, seducido, que cree conocer el amor y la suerte, total para no tener nunca nada más que ese río, que es, con diferencia, la presencia más imponente y oscura y hermosa desde que Conrad la hiciera también protagonista en aquel descenso a los infiernos que fue El corazón de las tinieblas.

«Señor Suttree, según tenemos entendido, al toque de queda decretado por ley con buen criterio y en esa hora en que la noche va tocando a su fin y un nuevo día comienza y contrariamente a la conducta que correspondería a una persona de su posición acudió usted a diversos locales infames en el condado de McAnally y derrochó allí varios años en compañía de ladrones, vagos, infieles, parias, cobardes, bribones, cicateros, catetos, asesinos, jugadores, alcahuetes, prostitutas, rameras, facinerosos, odres, borrachines, borrachos y superborrachos, palurdos, prófugos, calaveras y otros delincuentes de similar calaña.
Es que estaba bebido, exclamó Suttree».


Lo dicho: un abismo, que lo quisiera, para ustedes, insalvable.


«¿Te encuentras mejor, hijo?
Sí.
Dios debía de estar velando por ti. Has estado a las puertas de la muerte.
No se imagina qué es lo que vela por nosotros…
¿De veras?
No es una cosa. Nada deja nunca de moverse.
¿Es eso lo que has aprendido?
Aprendí que existe un Suttree y nada más que uno.
Entiendo, dijo el cura.
Suttree negó con la cabeza.
No, dijo. No entiende».